sábado, 10 de enero de 2015

Días sin efemérides

El río Tormes a su paso por Salamanca, España. Vista de su Puente Romano.
Tarde del 8 de enero de 2015.


Me gustan los días en los que parece que no pasa nada.

Procuro las fechas en las que el dolor, la pena, la muerte, se quedan sin dientes, en los que duermen lo egregios del santoral y enmudecen las pirotecnias forzadamente festivas.

Señalo en mi calendario ese lunes, aquel miércoles,el otro domingo, este día..., en que la única primera plana que quiero ver son unos ojos.

Amo aquellos ratos perdidos en que andamos lentos, y, me acuerdo, sólo leía los titulares, las columnas y los comunicados que salían de unos labios callados.

Busco las horas quietas, las que gravitan sobre su eje sencillo, amigo, como cuando nos sentábamos en la silla de enea a hablar de nuestras cosas futuras.

Ese día quiero, como tú, como el otro..., en que el pan se deja ganar sin aspamientos, en el que en la huebra que nos ha tocado para la jornada, nuestro arado no topa con las piedras ni se enzarza en la maleza de los problemas.

Cuando no se necesitan comités, ni reuniones ejecutivas, ni salas de prensa,ni subidones de la Bolsa, ni subsecretarios para anunciar que se está existiendo.

Me gustan los días ensimismados; esos que no dejan de mirarse en los espejos de su instante como hacemos todos en los escaparates cuando nadie nos ve.

Hay momentos en que la dicha necesita de poco para arder: apenas un río calmo en su curso hacia un océano lejano, tan solo un instante que parece vacío.

Y mientras nacen niños, alguien encuentra un buen trabajo, los enamorados sirven al amor, y a uno le toca la lotería, y a un tendero triste alguien le sonríe; y una mujer regresa a casa fatigada pero feliz de ver a su familia, y un ministro firma una ley,y hay manifestaciones por las calles del descontento, y amantes hay se reunen en hoteles sudorosos, y sirven el rancho en las cárceles y en los cuarteles; y se oye el júbilo en los patios de los colegios, y las viudas lloran en los sepelios, y pasan aviones por el cielo y se sufren atascos en las ciudades, y una guerra acaba de empezar, y un anciano echa migas a las palomas por todas las plazas del mundo...

Sí, son esos días en los que nada ocurre, y en los que nada deja de acontecer.

Y en los que nuestra vida, ay, sigue hacia el insobornable mar de Manrique.

Publicado en el periódico digital
Salamanca RTV al Día.
Miércoles 25 de febrero de 2015.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

jueves, 8 de enero de 2015

El silencio del lápiz


Ayer supe la noticia del asesinato en París de doce personas. 

Fueron tiroteadas en la sede de la revista francesa Charlie Hebdo, de la que nada sabía.

Supe que la mayoría de los fallecidos eran periodistas, algunos ilustres dibujantes, y dos policías desafortunados que acudieron a defenderles. Supe también que la publicación estaba amenazada por sus dibujos humorísticos de Mahoma, y por  sus comentarios críticos contestando al extremismo religioso.

Supe también que esta publicación irritaba desde sus orígenes en 1960, a cristianos, judíos y musulmanes; a gobiernos democráticos y a los autoritarios; a gentes de acá, y de allá. Pero también que las opiniones que vertían en sus páginas las compartían y celebraban los defensores de la libre expresión en todo el mundo.

Durante toda la tarde busqué información y me decía, sin mucha convicción, que debería dibujar algo en desagravio de este acto terrible. Pero también me repetía que para qué, que me dejara de líos, que algunas de las portadas que había visto de esa revista yo no las habría hecho,pues la actitud desalmada de unos pocos no puede generalizarse, y me repetía para anular mi intención, que quién les mandaría jugar con pólvora...

Y me acosté. Pero hoy a las cinco de la mañana ya estaba despierto, mirando el doméstico y plácido techo de mi habitación, pero oyendo en mí voces foráneas y nada cómodas que me instaban a levantarme. Y me levanté, y entré en mi estudio donde las cartulinas blancas palidecían, y donde durante toda la noche los lápices de mi cubilete habían guardado cobarde silencio. Y me senté en la mesa, y tomé uno de esos resignados lápices, lo partí en dos, y apenas oí el quejido de la madera y de su mina de grafito al romperse, el modesto utensilio comenzó a contarme sus opiniones sobre el papel...



Y hoy veo cómo miles de lápices hablan con sus dibujos en los periódicos de todo el mundo,y he comprendido que de haber dejado en silencio al mío, esa minoría que mata, y los que piensan como ellos, también me hubieran tiroteado a mí, y a ti que esto lees, y a cualquiera de los que se asoma a una páginas a charlar con la creación de un autor.

Creo en la libertad de expresión, y respeto las creencias de los demás, pero sobre todo creo que el respeto a la vida humana debe ser el valor fundamental de la convivencia.

Con esta ilustración quiero homenajear a las personas asesinadas, y a las heridas en sus cuerpos o en sus sentimientos y pensamientos ayer, en un acto de terror en París. Estos periodistas, columnistas e ilustradores han muerto por difundir su opinión, y los empleados de la revista y los dos policías abatidos, por ganarse su pan con su oficio. 

Pienso que cuando al expresarse se hace mal, o cuando se yerra en el uso de este derecho, o cuando creemos que una opinión ha pisado la nuestra, deben ser las leyes mancomunadas de  la humanidad las que lo remedien, y no las balas de unos pocos, ni de nadie. 

Que el terror nunca sea la manifestación de ninguna opinión. Que hablen en fructífero debate las letras, la palabra,las imágenes, los sonidos, los lápices...


Ángel de Arriba Sánchez
El Dibujador del Tormes.

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martes, 6 de enero de 2015

Y los tres magos llegaron...

Mediodía en la Plaza Mayor de Salamanca, 5 de enero de 2015.


Cuentan, y no son cosas de escribidores, que la estrella mostró al fin a los tres Magos el lugar donde obraba el prodigio.

Era un día frío, de los de enero, y el oro del sol bruñía las cosas como de oficio. Notaron al llegar a la ciudad de la que les habían hablado los designios, que por las calles volaba un incienso de churrerías, de mercadurías de abastos, de lavanderías y de muchas tabernas.

La hora estaba a punto de cincelar el mediodía. Lo sabían, andaban apresurados por lugar tan renombrado; tuvieron problemas para aparcar sus transportes, y ya nadie sabría decir por qué estrechas callejuelas  se extraviaron.

Al fin llegaron a una plaza, y era ésta tan ancha, dorada y llana, que sin duda allí habría de ser donde acontecía la gracia de la que les habían hablado, dijo el más joven.

Fue en ese instante cuando el gran reloj repartió sus doce campanadas, y el acero que moría en el aire dejó el instante perfumado de mirra. Entonces supieron que habían llegado, que la señal estaba cumplida, anunció el más anciano; el de las albas barbas.

Y tomaron nota de lo que allí sucedía para poder narrarlo por sus reinos. Observaron con fruición el paso de hermosas mujeres que iban a los templos de los dioses, a los del saber, o a los de las cocinas que son los mercados. Vieron a muchos jóvenes montados en los corceles de sus bríos, se fijaron en el rasposo cruzar de los recaudadores de impuestos; en el más digno de los munícipes de amplia toga, en el señorial de los doctores, y en el aire romano que se daban los hombres de negocios.

Pero sobre todo observaban a la gente del común que, como ellos mismos hacían, se maravillaban de la criatura de un simple día.

Aquello les pareció bueno, y se sentaron en un banco de dura piedra en acto de modesta adoración. Algunos dicen que los tres magos nunca regresaron a sus patrias, y que en este ágora, cuando suenan las doce, si se está atento, se les puede ver en su asiento gozando de las sencillas epifanías de la vida. 


Feliz día de Reyes Magos, amigos lectores.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes


Día de vísperas

Amanece en mi barrio, El Zurguén, Salamanca (España)


Andamos siempre como de vísperas.

Cada día esperando la llegada de la estrella, de la estela de la ilusión, conjurando la mañana en la que la vida, al fin, nos entregue los regalos que merecemos, o que al menos nos enseñe el uso correcto de nuestros dones.

Y hay días, yo no sé por qué, que parece que llega, al fin, el mensajero...

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes


sábado, 3 de enero de 2015

La leña arde, pero calienta...

Ilustración de felicitación de Navidad del año 2013.
Si al  atardecer llegara el mensajero.
Soledad Puértolas



Tarde del 31 de diciembre de 2014

¿Qué tal, amigos, el año que se nos quiere guardar en los cajones de la memoria?


La Navidades pasadas dibujé esta lámina para desearos lo mejor. Hoy es el "Día viejo" del año, y como todos los ancianos, es sabio en reflexiones.

Hace algunos días, alguien muy querido,me decía que siempre andaba en mis textos con lo viejo, con lo pasado, y que esto, insistía, no llevaba a ningún lado más allá del recuerdo seco. Yo me silencié cuando esto oí, y luego le respondí que el pasado es muerto, sí, como la corteza del alcornoque, pero que me nos trae lecciones, y utilidad como el corcho dúctil de los tapones.

También, y no me quiero crecer, oí hace años una frase en el pueblo de mis abuelos paternos , en una de esas entrañables partidas de cartas vespertinas, que "La leña arde y se hace ceniza, pero mientras nos ha calentado". 

Pues eso: que el rescoldo de este año os deje buenas brasas de memoria, útil sabiduría aprendida aún a costa de haber tenido que arder.

Y ahora es tiempo de irse, que ya los fogones del tiempo quieren que encendamos otros fuegos...

Feliz tarde vieja, amigos virtuales y de virtud .

Que las hogueras de los días del próximo 2015 os sean muy propicias.

Para mi tío Raúl de Arriba,que  se apagó 
el 13 de diciembre de 2014

Ángel de Arriba Sánchez
El escribidor del Tormes.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Adiós Otoño


Adiós a los días de un sol de golosina, a los cielos unánimes o con las nubes parlamentarias.

Adiós a la lluvia caída como collares de plata, a la niebla embozada en la mañana, al viento de larga escoba, y al frío que empezó a afilar sus navajas en nuestras caras.

Adiós a una bandada de pájaros que vi en la madrugada, a la cencella marmórea de los campos huidos de la noche rasa, a las arboledas con su sonrisas de hojalata y que ahora ya están en sus raspas.

Adiós a las hojas secas, adiós, pues eso empiezan a ser ya estas palabras.

Ángel de Arriba Sanchez
El Escribidor del Tormes



martes, 16 de diciembre de 2014

Mi estrella de Navidad

Fotografía: por tierras de Arapiles, Salamanca, España.

Mi estrella de Navidad.

Hecha de muchas, pequeñas, delgadas cosas del día a día, que confluyen en un centro de insobornable optimismo.

A pesar de las cuestas, del granizo de la realidad que lija mis ánimos, de los fríos que me lanzan sus puñales, de los pinchazos que me inmovilizan; a pesar de las distancias que se abren en mis entrañas, de las agujetas de los esfuerzos perdidos.

Me vuelvo a subir a ella cuando me caigo, y como sobre la esperanza, me lleva hacia adelante.

Mi estrella es diurna , va en una aire ancho, bajo un sol que tiene mucho de divino, y sólo avanza con el hacer humano.

A mi estrella le gusta la tierra, las peñas, los bosques , los caminos,los ríos confidentes, y el humo risueño que sale de las casas en los pueblos.

Mi estrella, ya se ve, es muy poca cosa, pero a mi me basta para sentirme siempre en ella como en Navidad.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

Por los caminos del aire

Aviso en paso sin barreras en  extinta vía férrea en Carbajosa de la Sagrada, Salamanca, España.

Un día dejaron de pasar trenes.

Nadie llegó a decir nada, nadie dio aviso de que cesaba en sus funciones, ninguna carta autorizó a descuidar de los cuidados. Así que sigue con su uniforme blanquinegro, luciendo su óxido como medallas de una olvidada campaña, enhiesta como ciprés de coreado poema escolar, mostrando palabras gastadas que ya no creen en su grafía; siempre con los brazos en aspa como molino necesitado de quijote.

Sigue la señal en el camino, velando el largo bostezo de los raíles, de las horas...,de los días.

Por este paso apenas vamos los ciclistas, los paseantes meditabundos, algún aire descorrido; un tractor que desmiga los caminos, las ánimas de los caídos en los Arapiles, y el rebaño que cuida Mauricio que es pastor armenio y les lee viejos romances del Cáucaso a sus ovejas. 

Y llegados hasta aquí, a todos se nos pega el pose nostálgico de la señal. Hay días en que me parece que sus hierros se afanan todavía en advertir el cruce pausado de las nubes.

Ahora están levantando la ruta férrea para hacer una vía verde, cosa que está muy bien.

No hace mucho me encontré sentado sobre las traviesas arrancadas a Pedro, hombre en la ruta de sus 50, parado desde hace tres años después de treinta de pacientes, modestos y diligentes cometidos. Él si oyó el rumor de cierre en aquel día de chirríos, sí supo de su cese y recibió la consabida carta cuyas letras masticó como un puñado de serrín.

"Ahora, ya ves, así los días..., como en vía muerta", me dice el traqueteo de sus palabras, los vagones cargados de desaliento, el paso del convoy de su resignación.

Pero el hombre tallaba con su navaja un trozo de madera; por eso me paré.

"Es para mi nieta de seis años, que es más viva que yo no sé...Y ésta, sí, ésta muchacha andará largo y llegará lejos." Y el caballito de palo me mira desde sus manos, como con prisas de galopar por la imaginación y los viajes de posibilidad de la niña.

Y es que cuando falta función en la tierra, bueno es buscarla en los esperanzados caminos de los aires.


Publicado en el periódico digital Salamanca RTV al Día
el miércoles 4 de febrero de 2015.


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

Aviso en paso sin barreras en  extinta vía férrea en Carbajosa de la SagradaSalamanca, España.

viernes, 14 de noviembre de 2014

La lluvia en los bolsillos

Medallones efímeros de la lluvia en el Puente Romano de Salamanca, España.12-XI-2014

Te recuerdo Amanda / la calle mojada / corriendo a la fábrica/
donde trabajaba Manuel /la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo.
"Te recuerdo Amanda" 
Víctor Jara

El otoño eras tú.

Eras la lluvia que cae en collares de plata, eras el mantón del viento en noviembre que bordan los amarillos picos de los mirlos con sus vuelos, eras la bufanda de encendidos colores como una arboleda anudada en tu cuello.

Eras el gorrito de lana, las botas altas,los libros bajo tu brazo, el paraguas donde nos subíamos como en una barca  para navegar la tarde.

Y el cielo luciente de loza fina desbaratando el puzzle de las nubes, y el azul turquesa de los mapas de la espera, y la hora líquida temblando en mi reloj, también eras tú.

Y llegabas por la engalanada calle del aire de octubre, como en un son de música olorosa. Tu rubor era la primera arquitectura de la dicha,tu mudez un bullicio de palomas, tu corporidad la aniquilación de la mía, y tu risa deshilachada el templo edificado de la promesa.

Y entonces ya éramos nosotros.

Nos cogíamos de la mano, y yo no he visto acero que encadene tanto. Nuestro caminar fundía leguas, nuestras palabras eran atropellos de jilgueros, nuestros silencios regateos en días de abasto. 

Eras en las tabernas el vino que requiere labios para ser bendecido, en los cines  un chorro de luz hecho relato, en los conciertos la nota que  me faltaba para oír el estribillo de mi sangre, en mi boca una inagotable pila bautismal, y en  las librerías la única palabra que descifraba el arcano texto del amor.

Y tu nombre era María,Estrella, Ana, Saskia, Susana, Elvira, Aratxu...Siempre distinta y siempre la misma Amanda por amar.

Os recuerdo en tardes como esta, sumidas en un pensamiento alto y quieto como una catedral, y nunca pude evitar que os fuerais en el humo de los cigarros. La casete dando vueltas en un cuarto de estudiante,y vosotras recostadas sobre la cama,levitando en mis ojos, llenas de sentido como un ánfora recién hecha con la arcilla de nuestros cuerpos. 

Era nuestra canción chilena y universal: la dulce victoria de la voz y la espada flamígera de la guitarra.

Ahora acudo a los días de agua y os busco.  Cruzo los puentes que no saben unir las orillas del tiempo, desando las calles mojadas, pregunto a la hora dormida de las campanas, os  espero en el otoño exhausto de diciembre.

Y siempre regreso empapado a la casa. Traigo los ojos granados de reflejos lejanos y humedades próximas, y la gabardina con los bolsillos llenos de lluvia. La vierto en la hoja y hago charcos de tinta en la página por ver si volvéis.

Y entonces, por un instante, sé que el recuerdo puede ser eterno en los cinco minutos de  un texto. 

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.




Posdata para quien vuelva:  Todavía me llueve en el alma cuando oigo esta canción en la voz del maestro Víctor Jara.
Me agrada mucho la versión por bulerías que de este tema hace José Mercé en su disco "Lío", año 2002.

martes, 11 de noviembre de 2014

La estadística de las ventanas

Vivienda de protección Oficial en el Barrio de El Zurguén de Salamanca, España.
  Amanece del 11 de noviembre de 2014


Ayer el día amaneció mohíno, oscuro, taciturno si se quiere.

Las cebadas nubes no habían digerido su atraganto de noche, el aire andaba por la madrugada un poco metalúrgico, y la luz iba de prospección minera por la tristeza añeja de las cosas.

Cada mañana, mientras hace  gárgaras la cafetera, me asomo por la ventana de la cocina a la plazuela de la trasera de mi casa. Las de otros edificios de protección oficial  aún no han levantado los párpados de sus ventanas, y no tardo en oír por su carril el correrío de la del vecino. Es hora de debatir con el compañero de vida paralela y de simétrico hábitad. Ambos iniciamos estas asomadas hace ocho años cuando adquirimos las viviendas. A nuestro barrio lo llaman el Zurguén, por un riachuelo pastoril que se ahoga en el Tormes por el sur. A estas aguas pecuarias les cantaban antaño las tintas fluidas de los poetas, luego les sacaron romances las inmobiliarias, y ahora ya, ni eso.

Mi vecino ha cumplido los 53, y hace ocho que no trabaja. Lo hizo 20 años en una empresa japonesa de rodamientos que había a unos pocos metros. Pero la Nachi cerró y rodó a sus 85 empleados. Como tantas, ya se conoce.

Cuando llegamos, el barrio era de los que más prometía en Salamanca. Ahora seremos unos treinta mil. La media de edad es de cuarenta años, gente joven, casada y con un hijo y que un día conoció aquello de tener trabajo. Se cree que la gran mayoría de los vecinos está en el paro, y que por las mañanas se asoma a las ventanas pensando cómo seguir pagando su hipoteca.

No crecen los negocios, y los que había van cerrando. Por aquí chapan hasta los bares, que ya es decir, y un supermercado diario y de barata vocación, lo ha tenido que hacer dos veces. Han cerrado sus sucursales dos entidades bancarias, y la semana pasada clausuró la suya la Caja de Ahorros, aunque nadie sabe en cuantas reuniones de 800 € por bolsillo tomaron esta decisión los apolíneos consejeros. Hace años que el centro de salud debía estar edificado, pero ahí sigue su solar, como una gran tirita porosa en el dedo indiferente e institucional.

Y en esta parlotada andábamos, cuando una nube se rompe y el puntero del sol nos marca el la fachada de enfrente la línea estadística de la sombra. Enseguida despunta un arco iris como llegado a desmentir. A uno le da por pensar que es uno de estos políticos ingenieros que desde su atril aéreo revierte lo mohíno del balance y el pesimismo de las masas.

Mi vecino me dice que irá al centro a procurar no sé qué ayuda familiar. Aunque, me espeta, que qué se puede esperar en un país en que se mengua la beca al estudiante,se poda la pensión al viejo,el medicamento al enfermo,se engusana la lenteja al escolar, se agujera la nómina al trabajador, se congela al funcionario, y muchas familias sobreviven con unos cuantos euros subsidarios.

Y sin embargo, el Senado, y otros estamentos que son  limbos políticos con los que los partidos premian a sus leales, no tienen límites en pagar las idas y venidas de sus miembros en el sufrido cumplimiento de sus asuetos. 

Yo sonrío, y pienso en lo oscura que se nos está volviendo la ofuscación. Añoro aquellos días en que sólo hablábamos de fútbol en este vecinal parlamento. 

Cerramos las ventanas. Afuera el día crece con su democrática intemperie.

En el balcón de una vecina ondea una sábana blanca, y me parece divisa de insobornable esperanza y cotidiana resolución. 

Ángel de Arriba Sánchez

El Escribidor del Tormes





Por encima de los apaños estadísticos de los ingenieros de atril, están las cuentas que la gente se hace por los patios de la realidad...

martes, 4 de noviembre de 2014

Desmintiendo la matemática

El lienzo del río Tormes a su paso por Salamanca, España. 2 de noviembre de 2014.

Yo sólo pasaba por allí.

En estas ocasiones pienso si acaso la luz sabe pintar al óleo las cosas sencillas que acontecen.

Puede, o tal vez no; pues ni los teólogos, ni los físicos, ni  los doctores en las Artes Bellas, han conseguido ponerse de acuerdo en esto.

Pero nos basta sentir el insobornable concilio de belleza que buscan siempre nuestros ojos en los nimios misterios del transcurrir. Sabido es que buscamos gracia donde sólo hay necesidad, pues el cromatismo otoñal de los árboles no es más que un ahorro doméstico de clorofila para pasar el invierno, y los reflejos que nos subyugan, apenas el bostezo químico de las aguas en su liquidez.

Y la luz, ay, la luz, es lo que hiere las nubes; sólo el garabato del párvulo ojo que no se sabe las ecuaciones de las ondas.

La vida siempre atiende a su cronómetro de muerte sin misterio, y a veces mira con sonrisa retorcida la gracia que  conjuramos por doquier. Y los pintores, los  fotógrafos,los poetas y nosotros, plácidos transeúntes, empeñados, en ocasiones así, en desmentir su física ejecutoria y esa inmutable hacienda cósmica que es la  matemática. 

Así cada vez que el río, el agua, la hojalata de los árboles diplomada por la luz al fin de la estación,las nubes con sus birretes cárdenas... se gradúan en nuestros ojos otoñales.

Eso creo yo, como tú, más no siempre, pues no acabo de alcanzar acuerdo con mis pensamientos. 

Tal vez no haya verdad y todo sea interpretación, pero ya lo dije: yo sólo pasaba por un viejo puente, y la belleza del instante fluvial se empeñaba en desmentir mis cavilaciones.

Ángel de Arriba Sánchez
EL Escribidor del Tormes.


miércoles, 29 de octubre de 2014

Un otoño inesperado

Vista de Salamanca, España, desde las instalaciones hípicas del barrio de San José. 26 de octubre de 2014.

                             De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca.
                                                                                                               
                                                                                                            LA HOJARASCA
                                                                                                            Gabriel García Márquez


Plácidos días del postrero octubre.

Todo luce ensimismado dejando hacer  al otoño, ese inspirado  decorador de exteriores municipal. 

El tranquilo instante tiene el unte de gracia de la estación: la ciudad enseña el reiterado perfil de la que se sabe guapa, la catedral muestra su larga pierna torreada, la mejilla del cielo su rubor turquesa; los árboles del río doran su sonrisa, y el aire agita pañuelos de seda en nuestra cara...

Sí, son  estampas de calma chicha.

Sin embargo, los diales corren agitados e informan de la acción del gran rodillo de la justicia, y los boletines dan cuenta de grandes berreas por las frondas de la política.

El pasado lunes 27 de octubre se reabre la veda cinegética de la abundante especie de SobreCogedores  públicos en nuestros cotos. Más de 50 detenidos, entre ellos 6 alcaldes, un presidente de diputación, empresarios y otras piezas de caza menor. Todos ellos se unen en los pabellones judiciales a los trofeos mayores de un deshonorable president y de fortuna poco general; al del  innoble deportista que cambió el balón de su mano por los billetes de 500, un banquero aterciopelado que nos ha salido con la vieja caspa del siseo, y un ex director poco rectoral del Fondo -sin fondo- Monetario Internacional...

Y  las cornetas anuncian que seguirá la montería.

Nadie sospechaba esta otoñada, no, ni que en el humus de las arcas comunales había tantas setas tan venenosas, ni que caerían tan grandes hojas secas por los rotativos.

¿O sí…?

Ahora a todos les entra la prisa por desecar hongos de sus listas, de podar las tupidas hiedras trepadoras de sus fachadas, y como en aquella canción de los sesenta,  de barrer de sus casas la repentina y feroz  hojarasca. 

Y es que, se entiende, en nuestras compañías bananeras de recolectar votos, nadie sabía dónde estaba la escoba.


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

viernes, 24 de octubre de 2014

Parábola de los hombres araña

Edificios con intrervenciones artísticas promovidas por ZOES, Asociación de Vecinos del Barrio del Oeste de Salamanca, España. 
En primer término, fachada con la  obra realizada por David de la Mano.  
Fotografía propia, abril de 2014.


Creo que fue por entonces cuando empezó a subirse la gente a las paredes.

Tiempo atrás había nacido un virus económico, e incubado en las huras financieras se hizo grande y devoró lo que había por aquellas tierras. Cruzó luego el atlántico, atacó a nuestros pequeños comerciantes,a los autónomos, a los empresarios, a nuestros compañeros y a nosotros mismos. 

Desde entonces la gente pierde sus trabajos,sus casas, su ilusión.

Enseguida los obreros comenzaron a caerse de los andamios y sólo sobrevivieron unos pocos que llevaban casco. Los jóvenes tuvieron que coger de nuevo la maleta de cartón y emigrar por carretera, pues los mastodónticos aeropuertos estaban abandonados, y las mujeres, si querían trabajo, tenían que renunciar a parir hijos.

De la cosa pública se olvidaron. A cualquiera le multaban si se ponía enfermo, en las escuelas el presupuesto no daba más que para tres vocales y las otras dos había que pagarlas por lo privado; y en los parques, si te querías sentar, tenías que llevar tu propio banco.

Cerraban los cines , las librerías, las bibliotecas, los museos, los periódicos y los teatros, y uno tenía que demostrar su embotamiento viendo maratones de tertulias televisivas si no quería ser arrestado.

Los políticos perdieron su coraza, se volvieron de cristal, y así vimos sus vilezas.A las tarjetas de los banqueros se les acabó la cuerda, y ya no pudieron volar sobre ellas como los de Alí Babá. Hubo princesas que se volvieron ranas por ensalmo de su morro, y a las pijas se les aparecían jaguars en los garajes y relojes de oro por los cajones.

En los diccionarios bilíngües para ciegos, palabras como "Honorable" se suicidaban, y viejos conceptos como "Bien Estar Social" o "Derechos de los Trabajadores" eran arrojados por los barrancos. 

Y cosas aun más extraordinarias están ocurriendo,tú lo sabes, así que qué te voy a contar...

Al principio muchos se sentaban por las plazas y ocupaban las calles, Pero luego sólo les quedaron las paredes a las que subirse. 

Ahora hay en ellas millones, y nadie sabe cómo sobrellevan allí la situación viviendo como del aire. 

A veces, cuando voy por la calle, veo caer a alguno que ya ha perdido sus fuerzas.Es entonces cuando los que crearon aquel virus salen a los balcones, sonríen, se felicitan, y chocan sus móviles en un brindis por el nuevo ajuste en sus libros de cuentas.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.

miércoles, 22 de octubre de 2014

El ajuar de la ciudad


Escena urbana en Salamanca, España, otoño de 2014.

Sí, ayer vi de nuevo, en la hora pronta en que bajo al centro, al otoño iniciando en la pasarela arbórea de nuestro río su esplendorosa colección de colores para este año.

Así que saqué mi compacta de juguete, y clic, clac, como si no costara.

Y sin embargo, vengo ahora con un triste banco ciudadano de una plaza, sin palomas, sin ancianos; con el poco glamour de la caída de las hojas de un árbol de acera; con una retahíla de  anodinos contenedores de basura  con su servicial brillo concejil, tan neutros , eficaces, de tan  soterrada urbanidad.

Éste es el ajuar que la ciudad propone en oferta  nupcial  a mis ojos.

Y me gusta este atavío de andar por casa, esta manera de recibirnos en bata y zapatillas  que tienen las cosas de la urbe.

Por aquí cada día paso, también en sucesión grávida y nazarena: la misma plaza, la misma hora quieta en las campanas, el mismo silencio descreído del amanecer ciudadano. 

El instante es doméstico, consabido, resignado.  

Las cosas de la ciudad callan y aguardan, saben que el solitario oficinista volverá a pasar mañana, y que también traerá en su mirada las pirotécnias de la gracia, esas que tienen las cosas de cualquier otro lado.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

domingo, 19 de octubre de 2014

La brecha del domingo



La mañana llega, y es domingo.

Levanta el párpado la hora y trae vocación de pluma de ganso, de apéndice angelical, de dulce ruptura de cristal.

El sueño rompe mullido, crujiente, recién horneado entre las sábanas; como tú entre mis labios, ignorada semanal, consabida compañera siempre, y hoy nave sideral.

Así fue el instante de los que pisaron la nueva tierra allende los mares, u otros astros allende los cielos. Así iza su bandera en el rojo lunar del calendario nuestro ánimo, y así proclama su homilía redentora el estaño de la luz.

Es momento de leves cónclaves en las prensas de los ojos, del alegre revolotear de las páginas de los periódicos, del ungido del óleo de la tinta, aunque sea virtual.

Es día de gastronómicos festejos: de espumas de cielos, emulsión de aires, bouquet de cotidianidad con cierto regusto en boca al tanino de la posibilidad, y de dar mucho nitrógeno líquido al torrezno laboral.

Nací en domingo, me dijeron, y el almanaque no lo desmiente.

He aprendido a aceptar lo que me quiere enseñar la edad: a recuperar los domingos de la niñez sobre los juveniles funerales del sábado.

Ahora queiren volver los dominicales de las abuelas, allá en La Alberca o en Abusejo, con sus bautismos de estropajo y jabón lagarto,la aplicada derrota de la roña semanal,la ropa con olor a membrillo y mano de madre,las confidencias remotas de la colonia, las inspiradas geometrías de los peines en las niñas, unos cinco duros de una paga que era un Potosí, unas pipas, la sagrada sábana del cinema en el salón parroquial. 

Es domingo,sí. Levanta, amigo, que hoy toca remuda en el alma.

Publicado en el periódico digital
Salamanca rtv al Día,
10 de mayo de 2015


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes