miércoles, 29 de octubre de 2014

Un otoño inesperado

Vista de Salamanca, España, desde las instalaciones hípicas del barrio de San José. 26 de octubre de 2014.

                             De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca.
                                                                                                               
                                                                                                            LA HOJARASCA
                                                                                                            Gabriel García Márquez


Plácidos días del postrero octubre.

Todo luce ensimismado dejando hacer  al otoño, ese inspirado  decorador de exteriores municipal. 

El tranquilo instante tiene el unte de gracia de la estación: la ciudad enseña el reiterado perfil de la que se sabe guapa, la catedral muestra su larga pierna torreada, la mejilla del cielo su rubor turquesa; los árboles del río doran su sonrisa, y el aire agita pañuelos de seda en nuestra cara...

Sí, son  estampas de calma chicha.

Sin embargo, los diales corren agitados e informan de la acción del gran rodillo de la justicia, y los boletines dan cuenta de grandes berreas por las frondas de la política.

El pasado lunes 27 de octubre se reabre la veda cinegética de la abundante especie de SobreCogedores  públicos en nuestros cotos. Más de 50 detenidos, entre ellos 6 alcaldes, un presidente de diputación, empresarios y otras piezas de caza menor. Todos ellos se unen en los pabellones judiciales a los trofeos mayores de un deshonorable president y de fortuna poco general; al del  innoble deportista que cambió el balón de su mano por los billetes de 500, un banquero aterciopelado que nos ha salido con la vieja caspa del siseo, y un ex director poco rectoral del Fondo -sin fondo- Monetario Internacional...

Y  las cornetas anuncian que seguirá la montería.

Nadie sospechaba esta otoñada, no, ni que en el humus de las arcas comunales había tantas setas tan venenosas, ni que caerían tan grandes hojas secas por los rotativos.

¿O sí…?

Ahora a todos les entra la prisa por desecar hongos de sus listas, de podar las tupidas hiedras trepadoras de sus fachadas, y como en aquella canción de los sesenta,  de barrer de sus casas la repentina y feroz  hojarasca. 

Y es que, se entiende, en nuestras compañías bananeras de recolectar votos, nadie sabía dónde estaba la escoba.


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

viernes, 24 de octubre de 2014

Parábola de los hombres araña

Edificios con intrervenciones artísticas promovidas por ZOES, Asociación de Vecinos del Barrio del Oeste de Salamanca, España. 
En primer término, fachada con la  obra realizada por David de la Mano.  
Fotografía propia, abril de 2014.


Creo que fue por entonces cuando empezó a subirse la gente a las paredes.

Tiempo atrás había nacido un virus económico, e incubado en las huras financieras se hizo grande y devoró lo que había por aquellas tierras. Cruzó luego el atlántico, atacó a nuestros pequeños comerciantes,a los autónomos, a los empresarios, a nuestros compañeros y a nosotros mismos. 

Desde entonces la gente pierde sus trabajos,sus casas, su ilusión.

Enseguida los obreros comenzaron a caerse de los andamios y sólo sobrevivieron unos pocos que llevaban casco. Los jóvenes tuvieron que coger de nuevo la maleta de cartón y emigrar por carretera, pues los mastodónticos aeropuertos estaban abandonados, y las mujeres, si querían trabajo, tenían que renunciar a parir hijos.

De la cosa pública se olvidaron. A cualquiera le multaban si se ponía enfermo, en las escuelas el presupuesto no daba más que para tres vocales y las otras dos había que pagarlas por lo privado; y en los parques, si te querías sentar, tenías que llevar tu propio banco.

Cerraban los cines , las librerías, las bibliotecas, los museos, los periódicos y los teatros, y uno tenía que demostrar su embotamiento viendo maratones de tertulias televisivas si no quería ser arrestado.

Los políticos perdieron su coraza, se volvieron de cristal, y así vimos sus vilezas.A las tarjetas de los banqueros se les acabó la cuerda, y ya no pudieron volar sobre ellas como los de Alí Babá. Hubo princesas que se volvieron ranas por ensalmo de su morro, y a las pijas se les aparecían jaguars en los garajes y relojes de oro por los cajones.

En los diccionarios bilíngües para ciegos, palabras como "Honorable" se suicidaban, y viejos conceptos como "Bien Estar Social" o "Derechos de los Trabajadores" eran arrojados por los barrancos. 

Y cosas aun más extraordinarias están ocurriendo,tú lo sabes, así que qué te voy a contar...

Al principio muchos se sentaban por las plazas y ocupaban las calles, Pero luego sólo les quedaron las paredes a las que subirse. 

Ahora hay en ellas millones, y nadie sabe cómo sobrellevan allí la situación viviendo como del aire. 

A veces, cuando voy por la calle, veo caer a alguno que ya ha perdido sus fuerzas.Es entonces cuando los que crearon aquel virus salen a los balcones, sonríen, se felicitan, y chocan sus móviles en un brindis por el nuevo ajuste en sus libros de cuentas.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.

miércoles, 22 de octubre de 2014

El ajuar de la ciudad


Escena urbana en Salamanca, España, otoño de 2014.

Sí, ayer vi de nuevo, en la hora pronta en que bajo al centro, al otoño iniciando en la pasarela arbórea de nuestro río su esplendorosa colección de colores para este año.

Así que saqué mi compacta de juguete, y clic, clac, como si no costara.

Y sin embargo, vengo ahora con un triste banco ciudadano de una plaza, sin palomas, sin ancianos; con el poco glamour de la caída de las hojas de un árbol de acera; con una retahíla de  anodinos contenedores de basura  con su servicial brillo concejil, tan neutros , eficaces, de tan  soterrada urbanidad.

Éste es el ajuar que la ciudad propone en oferta  nupcial  a mis ojos.

Y me gusta este atavío de andar por casa, esta manera de recibirnos en bata y zapatillas  que tienen las cosas de la urbe.

Por aquí cada día paso, también en sucesión grávida y nazarena: la misma plaza, la misma hora quieta en las campanas, el mismo silencio descreído del amanecer ciudadano. 

El instante es doméstico, consabido, resignado.  

Las cosas de la ciudad callan y aguardan, saben que el solitario oficinista volverá a pasar mañana, y que también traerá en su mirada las pirotécnias de la gracia, esas que tienen las cosas de cualquier otro lado.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

domingo, 19 de octubre de 2014

La brecha del domingo



La mañana llega, y es domingo.

Levanta el párpado la hora y trae vocación de pluma de ganso, de apéndice angelical, de dulce ruptura de cristal.

El sueño rompe mullido, crujiente, recién horneado entre las sábanas; como tú entre mis labios, ignorada semanal, consabida compañera siempre, y hoy nave sideral.

Así fue el instante de los que pisaron la nueva tierra allende los mares, u otros astros allende los cielos. Así iza su bandera en el rojo lunar del calendario nuestro ánimo, y así proclama su homilía redentora el estaño de la luz.

Es momento de leves cónclaves en las prensas de los ojos, del alegre revolotear de las páginas de los periódicos, del ungido del óleo de la tinta, aunque sea virtual.

Es día de gastronómicos festejos: de espumas de cielos, emulsión de aires, bouquet de cotidianidad con cierto regusto en boca al tanino de la posibilidad, y de dar mucho nitrógeno líquido al torrezno laboral.

Nací en domingo, me dijeron, y el almanaque no lo desmiente.

He aprendido a aceptar lo que me quiere enseñar la edad: a recuperar los domingos de la niñez sobre los juveniles funerales del sábado.

Ahora queiren volver los dominicales de las abuelas, allá en La Alberca o en Abusejo, con sus bautismos de estropajo y jabón lagarto,la aplicada derrota de la roña semanal,la ropa con olor a membrillo y mano de madre,las confidencias remotas de la colonia, las inspiradas geometrías de los peines en las niñas, unos cinco duros de una paga que era un Potosí, unas pipas, la sagrada sábana del cinema en el salón parroquial. 

Es domingo,sí. Levanta, amigo, que hoy toca remuda en el alma.

Publicado en el periódico digital
Salamanca rtv al Día,
10 de mayo de 2015


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes









domingo, 12 de octubre de 2014

Lo que vence y lo que convence

Monumento a don Miguel de Unamuno en la calle Bordadores de Salamanca.Obra de Pablo Serrano iniciada en 1966 y ubicada en 1968.
                         
"Dije que no quería hablar porque me conozco, pero me han tirado de la lengua y debo hacerlo"


Inicio de la intervención de Miguel de Unamuno

Paraninfo de La Universidad de Salamanca
12 de octubre de 1936.



Fue un doce de octubre, bien se sabe.

Era 1936 , y aquel día llegaba bautizado con el agua de la metralla con el nombre de "Día de la Raza". 

Era un tiempo demediado en el que había dos razas: la de los Hunos y la de los "Hotros".

Se reunían en Salamanca, en su Universidad, aquella que tan duro lo prestaba y que sin embargo presta se anduvo para dejar su sala de alto dosel. Oh, natura de los tiempos.

Allí fueron con gran alborozo a festejar el día de su raza, que digo yo que sería la hispánica, pues no quiero aventurar que alguno festejara su ibérica cojeada.

Y allá estaba don Miguel, que ya había girado sus 5.000 pesetas para la causa levantisca. Estaba como Rector, claro, un título que tenía a punto de nieve de lo batido de sus idas y sus vueltas. Pero también en representación del caudillo ausente, pues ya se sabe: las cosas del guerrear tienen sus servidumbres. Aunque, cuando se anda de cruzada, hay que tener su tacto, su pompa y su circunstancia, y esto bien se lo sabía Franco, así que allá mandó a su Carmen; la de la polar sonrisa. 

Lo que allí luego pasó, no se olvida.

Unamuno, tan sedente en aquella capilla de centenaria inteligencia , se lo traía sabido desde muy atrás, pues había dicho: "Yo no estoy ni a la derecha ni a la izquierda (...) Cuando todo pase seguro que yo, como siempre, me enfrentaré a los vencedores". Y allí se metió a batallar, a contra corriente otra vez, cuando apenas aquella molicie bipartita  y visceral acababa de empezar y nadie fiaba todavía un vencedor. 

Don Miguel de Unamuno en la tribuna del Paraninfo de la Universidad de Salamanca, junto a Carmen Polo,el obispo de la ciudad Enrique Plá i Deniel, y el ibérico general Millán-Astray. 12 de octubre de 1936.
A los héroes del cómic les salvan sus coloreados trajes, y en aquel apuro en que su insobornable pensamiento le metía a bote pronto, dicen que fueron los poderes del vestido negro España de la Polo la que le remedió el día al desvalido docto.

Ah,don Miguel, qué raza de hombre; un Sócrates que a menudo se bebía la cicuta de sus palabras, un Nietzsche llano, suculento y propio como las patatas meneadas.

Unamuno nos sigue pensando desde sus libros, y acaso desde el bronce de su estatua.

Yo no sé que pensaría de estos tiempos nuestros en que pupulan tantas razas por el día patrio: la raza de los políticos sobreCogedores, pues si no cogían ellos los sobres los apañaban otros; la raza de los banqueros que asaltan las entidades sin embozarse siquiera y a golpe de tarjeta; la raza de los nacionalistas que quieren acotar su zona para esquilar mejor en su rancho; esa raza sindical vendimiadora de agostos; la otra raza empresarial de cursos laborales tan bien cursados por lo poco corriente de sus cuentas; esa raza, en fin, del global poder que usa más la tijera que la aguja para remendar los parqués de las bolsas de Alí Babá...

Y no sé cuántas razas más de las que hay en el escombroso paraninfo nuestro. Son un virus, dicen muchos, y no se refieren al ébola. 

Ay, siempre los unos y los mismos.

Sí, don Miguel, de nuevo 12 de octubre, nuestro día nacional y de santa hispanidad. No sabe usted lo vencido que en estos tiempos se va sintiendo el personal, y lo poco convencidos que nos deja nada ni nadie.

Pero todavía nos convencen los que saben rectificar en actos nobles como aquel, y la ingrávida victoria de todo pensamiento oportuno  y valiente.
La fotografía más conocida de aquel acto, pero al contrario de lo que se cree, Unamuno  no sale aquí  de la Universidad de Salamanca después del altercado sucedido, como así hubo de ser: Increpado, insultado, amenazado... Los investigadores nos indican que es el momento en que él y el obispo reciben al general Millá-Astray a su llegada a la universidad- 12 de octubre de 1936.
Aunque yo no sé, don Miguel qué pensaría usted, que gustaba de navegar siempre a contracorriente, que de todo su obrar y cavilar, lo que más le recordemos sea esto.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes




miércoles, 1 de octubre de 2014

Al sol tierno de San Miguel

Justo, a sus 101 años en la Plaza Mayor de Salamanca,
el 29 de septiembre de 2014, día de San Miguel.
Ayer coincidí con Justo.


A Justo ya lo conocéis de nuestro primer encuentro del que cuento en esta bitácora, en "La perspectiva de la edad", de cuando su edad era esférica como un siglo.

Entonces le hice una pregunta, que de eso iba la crónica.

Ayer, caminando hacia sus 103 años, le acompañé por el redondeo de los minutos en nuestra Plaza Mayor. Hicimos juntos unas vueltas en el sentido de las agujas del reloj por la ancha explanada de granito. "Es la costumbre de los hombres ", me iba diciendo el noble anciano en nuestra marcha. Las mujeres, continuó, también andaban por aquí a redondear el rato, pero ellas zurcían sus vueltas sobre el solado en el sentido contrario al nuestro.

Supe que siempre había un punto en el que los recorridos unían a los géneros, en que las circunferencias de los distintos pasos coincidían y el instante les alineaba. Era entonces cuando mujeres y varones volcaban sus ojos en el objeto de su elección y que el momento , y las miradas enzarzadas brillaban, soltaban destellos de suave combate por el aire plateresco, y se traspasaban y unían como por ensalmo; como los aros metálicos de los magos.

Oh, maravillas del deseo, imanes de lo afín, birlibirloques del amor.

Yo advertía en nuestra ronda por el solado, que siempre que pasábamos por la fachada del ayuntamiento, a Justo se le enzarzaba la mirada en la blanca pupila del reloj municipal, y que en ese instante me suspendía su plática.

La vida, qué cosa no tendrá para seducirnos con sus vueltas también, para apresarnos al escuchar el tic-tac de la dádiva de sus dones.

Y luego seguíamos con nuestro paso concéntrico, como tantos otros. Todos en el mismo sentido, con ritmo medido, cauto; como si en realidad removiéramos la masa de la hora para que no se nos cuajara este tiempo de otoño primerizo, ni se nos cortase el tierno sol de San Miguel.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.

Otro día, otras vueltas con Justo:


Con Justo, gran paseador de la Plaza Mayor.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Las cenizas del miércoles

Fotografía: pasarela sobre la carretera de Béjar en Salamanca. 
Miércoles,


día de paso, la rampa más inclinada hacia las alegres llanuras del sábado.

En estos días todo trae el empeño de mostrarse prosáico, las cosas no muestran más que su parca utilidad, nosotros vamos como demediados entre lo que somos y lo que anhelamos ser y andan las horas como pidiendo un repintado.


Hay días, yo no sé, que tienen larga vocación de ceniza y resignación de cenicienta.

Pero lo bello no claudica nunca, y se asoma en cuanto puede por los resquicios del instante, y nos mira, y juguetea inquieto como un amimalillo olvidado, o  como un perdido zapato de cristal para nuestro pie.

Ángel de Arriba Sánchez

El Escribidor del Tormes.

martes, 23 de septiembre de 2014

40 mil veces más


Estudiante en el Puente Romano de Salamanca. 22 de septiembre de 2014.


                                                         Te recuerdo como eras en el último otoño.
                                                         Eras la boina gris y el corazón en calma.
                                                         En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
                                                         Y las hojas caían en el agua de tu alma.

                                                                                                                                                                                    
                                                                                                                                                                                    20 Poemas de amor y una canción desesperada
                                                                                                                      Pablo Neruda


Ya las dos universidades de Salamanca ( la Ponti y la Civil, que decimos) han realizado sus académicos actos de inauguración del curso, y nos han llegado los cuarenta mil estudiantes de este año, distintos, pero con el mismo latir que hace 800 años.

Y estos nuevos tunantes ya entretienen su alegría. 

El sábado pasado , serían las ocho, iba yo a la biblioteca, y una cuadrilla de chicos y chicas en número impar (Ah, la eterna rifa de última hora), deambulaban por el centro manteniendo la débil llama que les quedaba de tan movida velada.

Los estudiantes, ya se sabe, hacen por el gran aula de la ciudad sus propios actos inaugurales.

Y hacen bien, pues lo mundano también tiene sus cátedras.

Un joven de aquel instante en el que nos cruzamos decía a su comparsa: "Pero qué habláis... Que yo no tengo resaca, que estoy de depresión PostParty" .

Y sonreí, y me dieron ganas de bajarme de nuevo de aquel coche de línea en el que llegué con el pelo de la dehesa a estudiar Bachilleraro, e intentar un año más, de otras 40.000 maneras distintas, recuperar una juventud que huela a libros nuevos, a parda hoja de cuaderno, a hondos debates de café, largas sesiones de cineclub, a poesía en el pecho y al despertar de la chica con la que te agració la noche.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Haciendo "poying"

Con Heliodoro Sánchez Grego, Salamanca, septiembre de 2014.

Aquí nos tenéis haciendo "Poying" en una de las principales calles turísticas de Salamanca

Estoy con Heliodoro, paisano serrano, de 95 años y de Las Casas del Conde. Le contaba que había estado no hace mucho bicicleteando por nuestra Sierra de Francia, y que había pasado por su pueblo camino de Mogarraz y de La Alberca. 


Él me hablaba de que va para dos años que no se acerca por allá; que se va sintiendo delicado y que ya no se atreve con lo empinado de las calles serranas. Que ya no va ni a las fiestas, me decía, pero que por ello no enjuga lágrimas, pero que sí le duele no poder ir a los entierros, pues bueno es despedirse de los que compartieron el inicio, y los trechos de la vida. 



Y eso,el no dar el adiós como se debe, me repetía, sí que se le hacía cuesta arriba.

Y en estas estábamos, cuando les parecimos simpáticos allí sentados, a la puerta de una entidad bancaria,a unos turistas de Sevilla -casi nada- y venga luego el zapateado del plis plas de las fotos. 

Sale el tema, y les digo que llamo "poying" al sabio y ancestral  ejercicio de sentarse en los poyos de granito de las fachadas de las casas de los pueblos, a desenlatar primero la lengua, y luego a ver pasar a la gente con su afanes, en silencio envasador.

Es, apunto, como decía el maestro Machado por su Juan de Mairena: observar los "eventos consuetudinarios que acontecen el la rúa", (Qué palabrita). Lo que pasa en la calle, quiere decirse, como nos dice naturalmente el muchacho del escrito de don Antonio, ese gran andaluz que sintió como nadie las cosas de  Castilla.

Y cómo celebraban los andaluces nuestras recias palabras castellanas, nos miraban extrañados, y les hacía gracia nuestras gracias de acento tan escuadrado, como si no acabaran de comprender que el salero (lo salaíno que llamamos los serranos) lo esparció Dios por el mundo como arroz en las bodas.

Y ahora me ha llegado por los aires, su foto del amable rato que pasamos. Qué majos los de la bella y sin par Andalucía.

Y nada más, amigo lector, encantado de haberme sentado en este poyo virtual  contigo, ya sabes, a ver qué se traen las horas.


Publicado en el periódico digirtal
Salamanca Rtv al Día,
domingo 12 de julio de 2015.


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.

Y aún oigo las campanas

Fotografía de Paula Gómez Calama,
La Alberca, Salamanca, 14 de septiembre de 2014



Se llama Paula y tiene 88 años.

Pues anda hijo -me decía- que no eran amigos ni nada mi padre Pedro y tu abuelo "Juan y Medio". Mi padre era guarda, ¿sabes? , y se iban a cazar en cuanto podían. Y claro, salió una foto muy repartida por el pueblo; de allá por los años cuarenta, la de una montería de un grupo de cazadores y entre ellos el pintor Ismael Blat.


Ay hijo - me volvía a decir-yo no sé para qué vivir, con lo que tengo trabajado, por los pinares, poniendo plantones, y por aquí y por allá.

Sonaban las campanas, y yo que si no iba a Misa. ¿Y para qué, hijo, y para qué? Así que seguimos con el replique de nuestra palabras.

Que estaba soltera, y que cada día le costaba más engañar a la vida para que siguiera su peonada. Y que allí, en aquella buena casa que sacia la hambruna vegetal en su fachada, vive su sobrino que la atiende y le trae la comida.

Y sonaban las campanas.

Y yo me buscaba en mis adentros un pose del Unamumo o alguien así para decirle, para templar su frío ánimo de domingo. Ay, hijo, que tú no sabes lo que me tengo trabajado, y lo fatigado que he dejado a cada uno de mis días.

Batiendo su parla seguía la mujer, el sol repartía por las calles su eucaristía diaria de luz y sombra, el acero de las campanas se lo bebían las nubes, y yo empeñado en disparar con los perdigones de mi infancia a la nostalgia. 

Era una hora calma en un lugar hecho de piedras, barro, maderas, claros y oscuros serranos por cientos de generaciones sufridas como Paula. Un lugar donde nací; un aire donde quieren renacer siempre mis ancestros.

Enmudeció el metal, y había un gran convite de nupcias en la vida.

En el regreso me despedían por las montañas los pinos que ya van muy crecidos, y aquí, y ahora, entre el blanco del texto, oigo aún las campanas.


Ángel de Arriba Sánchez
El escribidor del Tormes.


In Memoriam 
Ayer domingo falleció Paula en La Alberca. Admira leer los testimonios de cariño hacia su entrañable persona, y comprobar los buenos recuerdos que deja en sus vecinos, y en cuantos la conocieron.
Adios Paula, yo apenas te conocí en unos minutos que generaron este texto. Gracias por tus faenas y por tus días, que encuentres tu merecido descanso. 
Hoy oigo triste las campanas...
17 de noviembre de 2014.

Grupo de albercanos de cacería, circa 1950.
Según me dicen, de derecha a izquierda, según se mira: Faustino Larato (de pie y el más alto),
 Luciano "Lagañas", Tirso,Emiliano Torres, sobre el burro Ismael Blat
valenciano y gran pintor costumbrista, José María "Juan y medio" mi abuelo,
y sentado en el centro "Carina".




jueves, 7 de agosto de 2014

Las altas ventanas

                                                                        Y de inmediato,
                                                                        más que en palabras, pienso en ventanas altas:
                                                                        el cristal en donde cabe el sol y, más allá,
                                                                        el hondo aire azul, que nada muestra,
                                                                        y no está en ninguna parte, y es interminable.

                                                                                                                               Ventanas altas, 1974
                                                                                                                                Philip Larkin




Estoy pensando de quién es un artículo que he leído recientemente, sobre el poder de las palabras y de las imágenes.

Últimamente mi memoria  me trata como criado mal pagado; me desatiende, me demora  sus cuidados o simplemente se me ausenta de parranda.  Sobre todo la memoria  próxima, la de las cosas que aún están tiernas en el calendario, porque olvido datos de ayer mismo y, sin embargo, me es nítido un suceso flaco de hace 30 años.  

O eso creo, pues la fabulación acaso sólo sea la más benévola forma del olvido.

En ese artículo, el olvidado autor decía que a él no le parecía cierta la frase: “Una imagen vale más que mil palabras”. Creo que lo decía porque era un literato, y así se entiende su opinión a las  primeras, porque otra cosa sería de ser fotógrafo, o pintor, vamos: aventuro yo.

El autor  defendía  que cuando se ve la imagen de una ventana , esa ventana vemos, y aunque mil ojos  la vieran, todos observarían mudos la misma. Vale: aquí lo de las mil palabras se cumple. Pero sin embargo,continuaba,  si se dice “ventana” y mil personas la oyen, no tenemos una ventana, sino miles, pues cada cual se imaginará su ventana, o las suyas: la del desván de la abuela, la del hospital mientras esperaba su primer hijo, la del hotel donde pernocta solitario, la de la mañana al despertar en casa de un nuevo amor…

Y que cada cual mire el paisaje que quiera por  la ventana de su mente.

Yo en este blog de escribidor y fotografiador , me propongo exprimir a cada imagen el jugo de sus palabras, así que ando por el medio de esta cuestión.

La foto que hoy traigo está tomada en un barrio de mi ciudad. Es la fachada de un garaje sin más pretensiones que la de albergar vehículos. Y esto es lo debía pensar  un vecino  que me vio haciéndola. A este hombre lo conocía: habíamos trabajado en la misma empresa, y entretenía su reciente prejubilación con paseos matutinos, para que el cuerpo se vaya haciendo al exceso de ociosidad.  

El hombre se extrañaba  de que yo anduviera haciendo una foto a esa fachada insulsa que lleva viendo 30 años, y además, como le indiqué, por arte, no por cuestión catastral ni de ningún manejo de ventas.  Yo le hablé de las curiosas ventanitas que tenía en lo alto,acaso del cielo azul,o de lo otro,  ya no me acuerdo. Y él me decía que bueno, que si yo lo veía así, pues que estupendo.

Y  yo me esforcé en  sacarle su cosa a esta foto, la imprimí en mi mejor papel, lo busqué por el barrio y se la entregué. ¿Qué dijo al verla? Miraba la imagen entre sus manos primero ,y luego la fachada del garaje que teníamos enfrente, y después a vueltas con remirar la foto, hasta que me dijo: “Oye, que no tengo palabras”.

Va a ser que tienen razón los de las imágenes.

Claro que si yo le hubiera leído el inicio del poema “Ventanas altas” del poeta  británico Philip Larkin, yo no sé qué palabras me hubiese dicho:

Cuando veo una parejita e imagino /que él se la folla y ella toma / píldoras o usa un diafragma, / sé que es ese el paraíso…

Y tampoco puedo saber del aluvión de imágenes que le hubiesen  llegado después de escuchar los versos.

Angel de  Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

Philip Larkin está considerado uno de los mejores poetas en lengua inglesa del siglo XX. Fue gran amante y experto en jazz, y llegó a ser el “Poeta laureado” británico, cargo oficial y remunerado entre cuyos cometidos está el de hacer  loas  a la Reina por sus aniversarios.


martes, 1 de julio de 2014

El efecto Wellington

En primer término el monumento a la Victoria en el Arapil Grande.
En el medio el Arapil Chico, y al fondo la ciudad de Salamanca.
Municipio de Arapiles, Salamannca.
Fotografía propia, julio de 2012.
El "Teso de San Miguel " se levanta junto al municipio de Arapiles, muy próximo a Salamanca. A veces cojo mi bici y subo hasta él para hacer lo que el general Wellington hizo en la mañana del 22 de julio de 1812: masticar pensamientos y observar el movimiento de las dificultades que nos salen al paso, para ver por dónde las puedo vencer.

La historia que nos ha llegado cuenta que el excelso general inglés almorzaba en la tienda que le servía de puesto de mando en este teso. Ante su mirada se libraba una de las batallas decisivas de nuestra Guerra de La Independencia y que él mismo, como sus compatriotas, tal vez llamara la Guerra Peninsular.

Este teso está justo en medio entre el cerro llamado Arapil Grande que era el terreno del ejército Francés del Napoleón que nos trajo hasta acá su "Malaparte" pendenciera y arrogante, y el Arapil Chicho, sobre el cuál las baterías del ejercito internacional de ingleses, portugueses, españoles y demás naciones, les devolvían las bombas que les tiraban como en un endemoniado partido de tenis.

Entre estas dos alturas, la gran llanura que cabalgaba la caballería  de Julián Sánchez "El Charro", y los miles de soldaditos de plomo con casacas azules, rojas, verdes... que avanzaban por los trigales en busca de más plomo para sus cuerpos...

La batalla duraba ya mucho, y cuando almorzaba el gran general, pensaba en retirarse a Salamanca, pues era de la opinión de que en el campo de la muerte estaba todo el pescado vendido por ese día.

En esto, el insigne inglés toma sus gemelos de guerrear y ve que una división francesa se desliga imprudentemente del grueso de las tropas francesas. 

Respiraría de manera honda y satisfecha, masticaría el manjar que le habían servido: un lechón asado de Alba tal vez, o un poco de cordero lechal de Peñaranda quizás. Sorbería un poquito del vino de Los Arribes y acaso también de allá fuera el queso. Untaría el jugo de la carne con un trozo del buen pan de Castilla, y terminaría de observar lo que ocurría ante sus ojos y su regocijo sería como el frescor en su boca de  una fruta de la Sierra de Francia .

Entonces sería cuando le dijo a su ayudante, el general español Álava: "Mi querido amigo: Marmont está perdido".

Aquella batalla se ganó contra pronóstico, y resultó decisiva.

Hasta ese teso subo yo para ver las huestes de mis trabas, decía. Me siento y veo lo mismo que Wellington, pero ahora está todo en calma y en su sazón. Me siento y busco qué imprudencia pueden cometer mis impedimentos, esos que bombardean sin tregua mis proyectos, para ver por dónde les puedo meter la caballería audaz de mis ilusiones y derrotarlas.

Feliz mes de julio, amigos, que tengáis descanso y paz, pero si os llegan batallas, que tengáis la perspectiva correcta para ganarla, ya sabéis, como hizo una vez un  sagaz inglés.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes .


Vista desde el Teso de San MIguel del Arapil Grande.
Foto propia, domingo 29 de junio de 2014.



lunes, 16 de junio de 2014

El grano de la luz


Tercer piso del Museo del Molino en el río Tormes, Salamanca. 14 de junio de 2014.
                      Mi nascimiento fué dentro del rio Tormes, por la qual causa tomé 
                      el sobrenombre, y fue desta manera.

La vida del Lazarillo de Tormes,
de sus venturas y adversidades. 
año 1554, anónimo.


Y verdad sería lo que nos cuenta Lázaro de su inicio en las páginas de la Literatura mundial, pues aunque un personaje sea de mucha ficción, y se esconda en la invisible tinta de lo anónimo, nadie sabe mentir del todo sobre sus orígenes.

La medianía tormesina donde este pícaronos cuenta que vio la luz, se encuentra aguas abajo del lugar en que tomé esta foto, en Tejares, antaño municipio y hoy barrio de Salamanca. Era aquel lugar que quiso hacer de cuna, o cestilla de Moisés más bien,  un molino como éste del que cuento.

El sábado pasado me dio a mí por meterme en medio del río.

Lo hice al entrar en este gran caserón de tres plantas y sus abajos, que interrumpe los párrafos de corriente fluvial de nuestro Tormes, cerca del viejo Puente Romano.

Era antaño esta edificación la principal de un complejo molinero que hoy ha devenido en museo para espigar turistas. Los otros edificios de la hacienda industrial, son hoy un casino de juegos, un hotel y otro museo dedicado a la historia del automóvil. 

El día quería ir de medianías, y sonaban las campanas de la ciudad anunciando el mediodía, cuando entré en la primera de sus salas.

Solo, totalmente solo entré, y solo; felizmente solo deambulé por sus instalaciones durante dos horas. Observé las gran turbina que le tomaba al agua su poder motriz, tanteé las numerosas máquinas de madera y hierro que convencían al cereal de que soltara la albura y fineza de su grano, toqué las bocas de la envasadora de los sacos donde caía la rendida harina; atendí a los paneles explicativos con la historia y fotografías de la recuperación de la ruina del caserón.

Pero a mí, lo que más me convocaba, eran los rayos de luz incisa que entraban por las ventanas en las grandes salas. Así que me senté en un rincón, y con la turbina de mis pensamientos intenté durante buen rato la molienda de los haces de rayos de la claridad.

Acaso también Lázaro intentara en alguna  de sus mañanas descifrar los cuentos de la luz.

Afuera los relojes trituraban con su maquinaria la hora y el metal bautizaba un nuevo instante anónimo y huidizo. Los turistas fatigados se sentaban en las terraza del hotel en busca de refrigerio, los jugadores  dormían las ganancias o perdidas de la ruleta de la noche, los niños  salían con cara de velocidad del museo del automóvil...

Yo seguía sentado en la tarima de un antiguo molino. Pensando en los espectros de las letras, en las harinas de otros tiempos; en los granos del futuro. 

Y es que todos en nuestra soledad,  molemos con nuestras cavilaciones los granos que al gran molino del mundo trae la luz.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.