jueves, 25 de septiembre de 2014

Las cenizas del miércoles

Fotografía: pasarela sobre la carretera de Béjar en Salamanca. 
Miércoles,


día de paso, la rampa más inclinada hacia las alegres llanuras del sábado.

En estos días todo trae el empeño de mostrarse prosáico, las cosas no muestran más que su parca utilidad, nosotros vamos como demediados entre lo que somos y lo que anhelamos ser y andan las horas como pidiendo un repintado.


Hay días, yo no sé, que tienen larga vocación de ceniza y resignación de cenicienta.

Pero lo bello no claudica nunca, y se asoma en cuanto puede por los resquicios del instante, y nos mira, y juguetea inquieto como un amimalillo olvidado, o  como un perdido zapato de cristal para nuestro pie.

Ángel de Arriba Sánchez

El Escribidor del Tormes.

martes, 23 de septiembre de 2014

40 mil veces más


Estudiante en el Puente Romano de Salamanca. 22 de septiembre de 2014.


                                                         Te recuerdo como eras en el último otoño.
                                                         Eras la boina gris y el corazón en calma.
                                                         En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
                                                         Y las hojas caían en el agua de tu alma.

                                                                                                                                                                                    
                                                                                                                                                                                    20 Poemas de amor y una canción desesperada
                                                                                                                      Pablo Neruda


Ya las dos universidades de Salamanca ( la Ponti y la Civil, que decimos) han realizado sus académicos actos de inauguración del curso, y nos han llegado los cuarenta mil estudiantes de este año, distintos, pero con el mismo latir que hace 800 años.

Y estos nuevos tunantes ya entretienen su alegría. 

El sábado pasado , serían las ocho, iba yo a la biblioteca, y una cuadrilla de chicos y chicas en número impar (Ah, la eterna rifa de última hora), deambulaban por el centro manteniendo la débil llama que les quedaba de tan movida velada.

Los estudiantes, ya se sabe, hacen por el gran aula de la ciudad sus propios actos inaugurales.

Y hacen bien, pues lo mundano también tiene sus cátedras.

Un joven de aquel instante en el que nos cruzamos decía a su comparsa: "Pero qué habláis... Que yo no tengo resaca, que estoy de depresión PostParty" .

Y sonreí, y me dieron ganas de bajarme de nuevo de aquel coche de línea en el que llegué con el pelo de la dehesa a estudiar Bachilleraro, e intentar un año más, de otras 40.000 maneras distintas, recuperar una juventud que huela a libros nuevos, a parda hoja de cuaderno, a hondos debates de café, largas sesiones de cineclub, a poesía en el pecho y al despertar de la chica con la que te agració la noche.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Haciendo "poying"

Con Heliodoro Sánchez Grego, Salamanca, septiembre de 2014.

Aquí nos tenéis haciendo "Poying" en una de las principales calles turísticas de Salamanca

Estoy con Heliodoro, paisano serrano, de 95 años y de Las Casas del Conde. Le contaba que había estado no hace mucho bicicleteando por nuestra Sierra de Francia, y que había pasado por su pueblo camino de Mogarraz y de La Alberca. 


Él me hablaba de que va para dos años que no se acerca por allá; que se va sintiendo delicado y que ya no se atreve con lo empinado de las calles serranas. Que ya no va ni a las fiestas, me decía, pero que por ello no enjuga lágrimas, pero que sí le duele no poder ir a los entierros, pues bueno es despedirse de los que compartieron el inicio, y los trechos de la vida. 



Y eso,el no dar el adiós como se debe, me repetía, sí que se le hacía cuesta arriba.

Y en estas estábamos, cuando les parecimos simpáticos allí sentados, a la puerta de una entidad bancaria,a unos turistas de Sevilla -casi nada- y venga luego el zapateado del plis plas de las fotos. 

Sale el tema, y les digo que llamo "poying" al sabio y ancestral  ejercicio de sentarse en los poyos de granito de las fachadas de las casas de los pueblos, a desenlatar primero la lengua, y luego a ver pasar a la gente con su afanes, en silencio envasador.

Es, apunto, como decía el maestro Machado por su Juan de Mairena: observar los "eventos consuetudinarios que acontecen el la rúa", (Qué palabrita). Lo que pasa en la calle, quiere decirse, como nos dice naturalmente el muchacho del escrito de don Antonio, ese gran andaluz que sintió como nadie las cosas de  Castilla.

Y cómo celebraban los andaluces nuestras recias palabras castellanas, nos miraban extrañados, y les hacía gracia nuestras gracias de acento tan escuadrado, como si no acabaran de comprender que el salero (lo salaíno que llamamos los serranos) lo esparció Dios por el mundo como arroz en las bodas.

Y ahora me ha llegado por los aires, su foto del amable rato que pasamos. Qué majos los de la bella y sin par Andalucía.

Y nada más, amigo lector, encantado de haberme sentado en este poyo virtual  contigo, ya sabes, a ver qué se traen las horas.


Publicado en el periódico digirtal
Salamanca Rtv al Día,
domingo 12 de julio de 2015.


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.

Y aún oigo las campanas

Fotografía de Paula Gómez Calama,
La Alberca, Salamanca, 14 de septiembre de 2014



Se llama Paula y tiene 88 años.

Pues anda hijo -me decía- que no eran amigos ni nada mi padre Pedro y tu abuelo "Juan y Medio". Mi padre era guarda, ¿sabes? , y se iban a cazar en cuanto podían. Y claro, salió una foto muy repartida por el pueblo; de allá por los años cuarenta, la de una montería de un grupo de cazadores y entre ellos el pintor Ismael Blat.


Ay hijo - me volvía a decir-yo no sé para qué vivir, con lo que tengo trabajado, por los pinares, poniendo plantones, y por aquí y por allá.

Sonaban las campanas, y yo que si no iba a Misa. ¿Y para qué, hijo, y para qué? Así que seguimos con el replique de nuestra palabras.

Que estaba soltera, y que cada día le costaba más engañar a la vida para que siguiera su peonada. Y que allí, en aquella buena casa que sacia la hambruna vegetal en su fachada, vive su sobrino que la atiende y le trae la comida.

Y sonaban las campanas.

Y yo me buscaba en mis adentros un pose del Unamumo o alguien así para decirle, para templar su frío ánimo de domingo. Ay, hijo, que tú no sabes lo que me tengo trabajado, y lo fatigado que he dejado a cada uno de mis días.

Batiendo su parla seguía la mujer, el sol repartía por las calles su eucaristía diaria de luz y sombra, el acero de las campanas se lo bebían las nubes, y yo empeñado en disparar con los perdigones de mi infancia a la nostalgia. 

Era una hora calma en un lugar hecho de piedras, barro, maderas, claros y oscuros serranos por cientos de generaciones sufridas como Paula. Un lugar donde nací; un aire donde quieren renacer siempre mis ancestros.

Enmudeció el metal, y había un gran convite de nupcias en la vida.

En el regreso me despedían por las montañas los pinos que ya van muy crecidos, y aquí, y ahora, entre el blanco del texto, oigo aún las campanas.


Ángel de Arriba Sánchez
El escribidor del Tormes.


In Memoriam 
Ayer domingo falleció Paula en La Alberca. Admira leer los testimonios de cariño hacia su entrañable persona, y comprobar los buenos recuerdos que deja en sus vecinos, y en cuantos la conocieron.
Adios Paula, yo apenas te conocí en unos minutos que generaron este texto. Gracias por tus faenas y por tus días, que encuentres tu merecido descanso. 
Hoy oigo triste las campanas...
17 de noviembre de 2014.

Grupo de albercanos de cacería, circa 1950.
Según me dicen, de derecha a izquierda, según se mira: Faustino Larato (de pie y el más alto),
 Luciano "Lagañas", Tirso,Emiliano Torres, sobre el burro Ismael Blat
valenciano y gran pintor costumbrista, José María "Juan y medio" mi abuelo,
y sentado en el centro "Carina".




jueves, 7 de agosto de 2014

Las altas ventanas

                                                                        Y de inmediato,
                                                                        más que en palabras, pienso en ventanas altas:
                                                                        el cristal en donde cabe el sol y, más allá,
                                                                        el hondo aire azul, que nada muestra,
                                                                        y no está en ninguna parte, y es interminable.

                                                                                                                               Ventanas altas, 1974
                                                                                                                                Philip Larkin




Estoy pensando de quién es un artículo que he leído recientemente, sobre el poder de las palabras y de las imágenes.

Últimamente mi memoria  me trata como criado mal pagado; me desatiende, me demora  sus cuidados o simplemente se me ausenta de parranda.  Sobre todo la memoria  próxima, la de las cosas que aún están tiernas en el calendario, porque olvido datos de ayer mismo y, sin embargo, me es nítido un suceso flaco de hace 30 años.  

O eso creo, pues la fabulación acaso sólo sea la más benévola forma del olvido.

En ese artículo, el olvidado autor decía que a él no le parecía cierta la frase: “Una imagen vale más que mil palabras”. Creo que lo decía porque era un literato, y así se entiende su opinión a las  primeras, porque otra cosa sería de ser fotógrafo, o pintor, vamos: aventuro yo.

El autor  defendía  que cuando se ve la imagen de una ventana , esa ventana vemos, y aunque mil ojos  la vieran, todos observarían mudos la misma. Vale: aquí lo de las mil palabras se cumple. Pero sin embargo,continuaba,  si se dice “ventana” y mil personas la oyen, no tenemos una ventana, sino miles, pues cada cual se imaginará su ventana, o las suyas: la del desván de la abuela, la del hospital mientras esperaba su primer hijo, la del hotel donde pernocta solitario, la de la mañana al despertar en casa de un nuevo amor…

Y que cada cual mire el paisaje que quiera por  la ventana de su mente.

Yo en este blog de escribidor y fotografiador , me propongo exprimir a cada imagen el jugo de sus palabras, así que ando por el medio de esta cuestión.

La foto que hoy traigo está tomada en un barrio de mi ciudad. Es la fachada de un garaje sin más pretensiones que la de albergar vehículos. Y esto es lo debía pensar  un vecino  que me vio haciéndola. A este hombre lo conocía: habíamos trabajado en la misma empresa, y entretenía su reciente prejubilación con paseos matutinos, para que el cuerpo se vaya haciendo al exceso de ociosidad.  

El hombre se extrañaba  de que yo anduviera haciendo una foto a esa fachada insulsa que lleva viendo 30 años, y además, como le indiqué, por arte, no por cuestión catastral ni de ningún manejo de ventas.  Yo le hablé de las curiosas ventanitas que tenía en lo alto,acaso del cielo azul,o de lo otro,  ya no me acuerdo. Y él me decía que bueno, que si yo lo veía así, pues que estupendo.

Y  yo me esforcé en  sacarle su cosa a esta foto, la imprimí en mi mejor papel, lo busqué por el barrio y se la entregué. ¿Qué dijo al verla? Miraba la imagen entre sus manos primero ,y luego la fachada del garaje que teníamos enfrente, y después a vueltas con remirar la foto, hasta que me dijo: “Oye, que no tengo palabras”.

Va a ser que tienen razón los de las imágenes.

Claro que si yo le hubiera leído el inicio del poema “Ventanas altas” del poeta  británico Philip Larkin, yo no sé qué palabras me hubiese dicho:

Cuando veo una parejita e imagino /que él se la folla y ella toma / píldoras o usa un diafragma, / sé que es ese el paraíso…

Y tampoco puedo saber del aluvión de imágenes que le hubiesen  llegado después de escuchar los versos.

Angel de  Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

Philip Larkin está considerado uno de los mejores poetas en lengua inglesa del siglo XX. Fue gran amante y experto en jazz, y llegó a ser el “Poeta laureado” británico, cargo oficial y remunerado entre cuyos cometidos está el de hacer  loas  a la Reina por sus aniversarios.


martes, 1 de julio de 2014

El efecto Wellington

En primer término el monumento a la Victoria en el Arapil Grande.
En el medio el Arapil Chico, y al fondo la ciudad de Salamanca.
Municipio de Arapiles, Salamannca.
Fotografía propia, julio de 2012.
El "Teso de San Miguel " se levanta junto al municipio de Arapiles, muy próximo a Salamanca. A veces cojo mi bici y subo hasta él para hacer lo que el general Wellington hizo en la mañana del 22 de julio de 1812: masticar pensamientos y observar el movimiento de las dificultades que nos salen al paso, para ver por dónde las puedo vencer.

La historia que nos ha llegado cuenta que el excelso general inglés almorzaba en la tienda que le servía de puesto de mando en este teso. Ante su mirada se libraba una de las batallas decisivas de nuestra Guerra de La Independencia y que él mismo, como sus compatriotas, tal vez llamara la Guerra Peninsular.

Este teso está justo en medio entre el cerro llamado Arapil Grande que era el terreno del ejército Francés del Napoleón que nos trajo hasta acá su "Malaparte" pendenciera y arrogante, y el Arapil Chicho, sobre el cuál las baterías del ejercito internacional de ingleses, portugueses, españoles y demás naciones, les devolvían las bombas que les tiraban como en un endemoniado partido de tenis.

Entre estas dos alturas, la gran llanura que cabalgaba la caballería  de Julián Sánchez "El Charro", y los miles de soldaditos de plomo con casacas azules, rojas, verdes... que avanzaban por los trigales en busca de más plomo para sus cuerpos...

La batalla duraba ya mucho, y cuando almorzaba el gran general, pensaba en retirarse a Salamanca, pues era de la opinión de que en el campo de la muerte estaba todo el pescado vendido por ese día.

En esto, el insigne inglés toma sus gemelos de guerrear y ve que una división francesa se desliga imprudentemente del grueso de las tropas francesas. 

Respiraría de manera honda y satisfecha, masticaría el manjar que le habían servido: un lechón asado de Alba tal vez, o un poco de cordero lechal de Peñaranda quizás. Sorbería un poquito del vino de Los Arribes y acaso también de allá fuera el queso. Untaría el jugo de la carne con un trozo del buen pan de Castilla, y terminaría de observar lo que ocurría ante sus ojos y su regocijo sería como el frescor en su boca de  una fruta de la Sierra de Francia .

Entonces sería cuando le dijo a su ayudante, el general español Álava: "Mi querido amigo: Marmont está perdido".

Aquella batalla se ganó contra pronóstico, y resultó decisiva.

Hasta ese teso subo yo para ver las huestes de mis trabas, decía. Me siento y veo lo mismo que Wellington, pero ahora está todo en calma y en su sazón. Me siento y busco qué imprudencia pueden cometer mis impedimentos, esos que bombardean sin tregua mis proyectos, para ver por dónde les puedo meter la caballería audaz de mis ilusiones y derrotarlas.

Feliz mes de julio, amigos, que tengáis descanso y paz, pero si os llegan batallas, que tengáis la perspectiva correcta para ganarla, ya sabéis, como hizo una vez un  sagaz inglés.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes .


Vista desde el Teso de San MIguel del Arapil Grande.
Foto propia, domingo 29 de junio de 2014.



lunes, 16 de junio de 2014

El grano de la luz


Tercer piso del Museo del Molino en el río Tormes, Salamanca. 14 de junio de 2014.
                      Mi nascimiento fué dentro del rio Tormes, por la qual causa tomé 
                      el sobrenombre, y fue desta manera.

La vida del Lazarillo de Tormes,
de sus venturas y adversidades. 
año 1554, anónimo.


Y verdad sería lo que nos cuenta Lázaro de su inicio en las páginas de la Literatura mundial, pues aunque un personaje sea de mucha ficción, y se esconda en la invisible tinta de lo anónimo, nadie sabe mentir del todo sobre sus orígenes.

La medianía tormesina donde este pícaronos cuenta que vio la luz, se encuentra aguas abajo del lugar en que tomé esta foto, en Tejares, antaño municipio y hoy barrio de Salamanca. Era aquel lugar que quiso hacer de cuna, o cestilla de Moisés más bien,  un molino como éste del que cuento.

El sábado pasado me dio a mí por meterme en medio del río.

Lo hice al entrar en este gran caserón de tres plantas y sus abajos, que interrumpe los párrafos de corriente fluvial de nuestro Tormes, cerca del viejo Puente Romano.

Era antaño esta edificación la principal de un complejo molinero que hoy ha devenido en museo para espigar turistas. Los otros edificios de la hacienda industrial, son hoy un casino de juegos, un hotel y otro museo dedicado a la historia del automóvil. 

El día quería ir de medianías, y sonaban las campanas de la ciudad anunciando el mediodía, cuando entré en la primera de sus salas.

Solo, totalmente solo entré, y solo; felizmente solo deambulé por sus instalaciones durante dos horas. Observé las gran turbina que le tomaba al agua su poder motriz, tanteé las numerosas máquinas de madera y hierro que convencían al cereal de que soltara la albura y fineza de su grano, toqué las bocas de la envasadora de los sacos donde caía la rendida harina; atendí a los paneles explicativos con la historia y fotografías de la recuperación de la ruina del caserón.

Pero a mí, lo que más me convocaba, eran los rayos de luz incisa que entraban por las ventanas en las grandes salas. Así que me senté en un rincón, y con la turbina de mis pensamientos intenté durante buen rato la molienda de los haces de rayos de la claridad.

Acaso también Lázaro intentara en alguna  de sus mañanas descifrar los cuentos de la luz.

Afuera los relojes trituraban con su maquinaria la hora y el metal bautizaba un nuevo instante anónimo y huidizo. Los turistas fatigados se sentaban en las terraza del hotel en busca de refrigerio, los jugadores  dormían las ganancias o perdidas de la ruleta de la noche, los niños  salían con cara de velocidad del museo del automóvil...

Yo seguía sentado en la tarima de un antiguo molino. Pensando en los espectros de las letras, en las harinas de otros tiempos; en los granos del futuro. 

Y es que todos en nuestra soledad,  molemos con nuestras cavilaciones los granos que al gran molino del mundo trae la luz.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes.

jueves, 22 de mayo de 2014

La perspectiva de la edad



Se llama Justo y ya lo tenía yo visto por nuestra Plaza Mayor.

Es uno de los entrañables ancianos que hay por las plazas de todas las ciudades. Sí, le veo muchas veces posando para los turistas que le piden su estampa, o charlando más a menudo con las bellas estudiantes que con las consabidas palomas urbanas. 

No había coincidido con él, y las ganas me rondaban, así que ayer que le vi solitario en un banco, y fue la mía.

Y voy yo y le digo a modo de saludo: "Ya le tengo yo visto a usted por este ágora". Justo empieza el esbozo de una sonrisa, pero la detiene; y no es que me mire mal, es más bien que no me quiere mirar porque se vuelve sobre sí a mirar sus pensamientos.

Hacía un día tan descortés que no merecía la pena que habláramos de él- anda  que le zurzan con estos fríos en pleno mayo-, y la parla derivó por el otro tema usual: el de la edad.Me cuenta que en unos días cumplirá años. Luego sigue por  lo que él tiene visto en esta plaza desde el número redondo de su edad.

Me cuenta las múltiples formas en que ha visto  (y eso sí que es ver) las piedras donde estamos, desde el año 1934 en que llegó a la ciudad para hacer su servicio militar. Luego prosigue con aquella Guerra Incivil que se quedó en su generación  como a otros se les queda una piedra en el riñón. Pero él la pasó entera en la ciudad, en el retén de la prisión, pero aquella que una vez estuvo por la zona de la Gran Vía. 

Por entonces,continuó,eran cuatro hermanos y todos en edad de batallar, pero, cosa que yo no sabía y al estilo de la película "Salvar al soldado Ryan", no dejaban ir al frente más que a dos a la vez. 

Luego me dijo que hacía 20 años que viudaba por los días, y no se lo oí, pero el deje de su voz me susurraba que estos veinte años sin esposa, se le estaban haciendo mucho más duros que los primeros veinte de su mocedad, cuando dolía el ímpetu de la sangre y la carne pinzaba por concertar mujer.

La plática nos la fastidiaba el viento entrometido y había que irse, pero antes aún le pregunté que con qué "uno" de la edad que en unos días cumplirá -101- se quedaba; si con el "1" del principio de la cifra en el que volvería a ser bebé y comenzaría de nuevo su vida, o con el "1" final que representa todo lo que es, todo lo que ha visto y todo lo que ha cumplido.

Justo no contestó; yo ya no esperaba la respuesta. 

Nos despedimos en silencio tras un apretón de manos, y caminamos cada uno hacia una  salida opuesta de la Plaza Mayor. Yo iba con la certeza  de que Justo avanzaba con el brillo suave de su elección en los ojos.

Y que el sabio anciano había elegido el "O" de la cifra de su futura edad también lo creía, aunque no sabría decir por qué.

Ángel de Arriba Sánchez.
El Escribidor del Tormes

Otro día con Justo:
Post "Al sol tierno de San Miguel" en este blog.

Con Justo, ayer, 29 de septiembre de 2014, día de San Miguel.







viernes, 25 de abril de 2014

Un cuento con ocho colores






Mi padre Ricardo de Arriba (5 de junio de 1933  -  26 de octubre de 1970)
 carpintero y a ratos ebanista, sobre la llamada "Serpiente" que acaba de tallar.
Es ésta una figura de cuerpo de macho cabrío y con seis cabezas de  bichas
que el  diablo cabalga en el acto sacramental de "La Loa", que
cada año, por las Fiestas de Agosto, se representa en
 La Alberca, en la Sierra de Francia salmantina.
Fotografía de 1957.



Me lo contó mi madre.


Sí, ella me dijo que ésta era nuestra historia, así que no es que en este relato se me haya caído el bote de la levadura.

Ya no me acuerdo cuando fue, ni en dónde, ni siquiera si mediaba el día o la noche,de si el sol mordía al mundo o le acariciaba la nieve cuando me hablaba.

Pero le pondré lluvia a estas palabras, pues el canto del agua siempre hace buen eco en el recuerdo.

Y esto sucedió en Babeca, un lugar que he ido haciendo en tardes lluviosas con todos los rincones de la tierra en la que nací: la Sierra de Francia salmantina. Con todos, como digo, y con ninguno en especial.

Ahorraré palabras para contar el noviazgo de una pareja serrana, ya que estaba reglada por la tradición con un protocolo denso y sustancioso como la manteca. Así que a todos los amores les salían las hojas, las flores y los frutos de similar manera que a los manzanos.

Iré a que apenas se casaron, se pusieron a cumplir los recados de la naturaleza, así que enseguida llegó mi hermano mayor. Y ese mismo día el padre primerizo le puso a su oficio de clavador de puntas el traje color ébano de la inspiración, se encerró en su taller toda la noche, y salió al alba con cuna de madera. 

No serían muy buenas las tablas, o tal vez no quiso que lo fueran, pues mi madre me contó que esta primera la pintó de rojo. 

Después al jovenzuelo carpintero le entró la urgencia de una niña. Los años siguientes llegaron verdes, azules, violetas y amarillos, según la pátina de la cuna que repintaba en cada amanecer.

Sí, fueron años coloridos-me decía mi madre de su recuerdo, pero con voz de escarcha - pero todos varones.


Una noche de octubre hubo un accidente y el pintor de cunas murió. No conoció a mi hermana que nació poco después, y nadie sabe de qué color hubiera pintado aquella cuna, aunque no es difícil de suponer.

Después hubieron de mecer las horas insomnes en días negros.

Años más tarde mi madre sacó de una lata metálica esta foto y me la dio. También un billete azul Zuloaga de 500 pesetas del atijo de su pañuelo, y un adiós brumoso de donde no quería sacarlo. 

Y yo me fui a la inmigración a cumplir los encargos de la existencia.


En el coche de línea que me llevaba a la ciudad, remiraba la imagen sepia. Amanecía por los campos de encinas, y yo reñía al joven jinete una cabalgadura caprina con seis cabezas de serpiente y hecha con las raíces de un peral.

Seis cabezas, seis hermanos.

Luego, sobre el banco de un parque de la ciudad, mientras esperaba el tren que me llevaría a la vida que me esperaba, yo le decía al joven de la foto: "Pero hombre, bájate de ahí, no ves que eso trae mala suerte...". Y repetía entre el gorjeo de los pájaros que a lo peor por eso se murió.

A mi padre le decían “El Sordo”, pues era duro de oído, esto lo sabía, pero lo que yo todavía ponía en duda era la sordera total del tiempo para atender a nuestras demandas de enmienda.

Y el lector avispado que hasta aquí ha llegado, pensará que a este relato le falta un color, si contamos el previsible de la niña, para cumplir con su título.


Andando el tiempo llegaron un niño y una niña más a la familia, y  ambos traían sus cabellos casi albos.


Acaso la vida sea un teatro, un acto sacramental de fatalidad, lucha y gracia, al que asistimos como espectadores esperando la llegada de los ángeles blancos, eso que a veces llegan como a remediar, como en un gesto de paz y de humilde desagravio. 


                       A mi madre, a mis siete hermanos.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

26 de octubre de 2014.

Hoy el reloj se ha desdicho de su hora en la alta noche.

Pasamos al horario de invierno y el día paseará una hora más.
Cómo me gustaría hacer lo mismo con tantos momentos de mi vida, el poder retrasar el minutero en un ejercicio de enmienda de lo hecho, o dejado por hacer.

Y de todas la horas que yo quisiera poder retrasar para su enmienda,  la que más me interesa es una que aconteció en un 26 de octubre de 1970, justo hace hoy 44 años...

Ha sido la primera vez que veo esta talla,y no, no la quise tocar...
En la Casa de la Cultura de La Alberca, 14 de septiembre de 2014-


jueves, 24 de abril de 2014

Por las escalas del aire

Fotografía de marzo de 2014.
Tapia de un cementerio salmantino.
A estas alturas de mis andadas por la Red, ya se sabe que soy un "Soñador de caminos" y que tengo siempre "La cabeza en las nubes", pero esta escalera, hombre: me parece que es pasarse...

Pensaba llamar a la imagen "La posibilidad", pero ocurre que en esto del "tituleo", conviene buscar el gancho.

Pero ya que has venido por aquí, te contaré que considero a la imaginación como la gran fábrica de posibilidades, sean éstas políticas, morales, técnicas, artísticas, científicas, religiosas...

La imaginación posibilita el salto de las tapias de nuestras limitaciones, cuando no hay, o están tapiadas, las puertas que otros imaginaron.

Y para ello hemos de subir siempre por las escalas del aire.

El Escribidor del Tormes.

Los perfiles de la ciudad

Fotografía de febrero de 2014.


Me ocurre con las ciudades que habito lo mismo que con el rostro de la mujer que amo.


Y lo que sucede es que le busco y le rebusco sus perfiles.

Me gusta cuando se levanta con niebla, con la telarañas del sueño aún en los ojos, cuando observo su cuerpo bajo la ducha de lluvia de las nubes, cuando la miro en los espejos de la mañana mientras se pinta de sol sus ojos del centro y de los arrabales.

Me gusta cuando saca de la noche a sus barrios, y los lleva a la periferia como quien lleva los niños al colegio, cuando se afana en su trabajo de rúas, calles y monumentos.

Me gusta cuando regresa en el oro polvoriento de la tarde a casa, un poco descolorida , cansada, necesitada de mimos. 

Me gusta cuando me mira con sus hogueras  del atardecer, cuando se me entrega luego entre las sábanas de la noche.


Ahora habito en Salamanca, y a una ciudad así es fácil amarle los perfiles, incluso cuando se muestra como en esta foto, un poco seria, como procesional, como si vistiera peineta o llevara ya el capirote de nazarena.


Y lo dejo ya, que se me van las palabras como se me van los besos hacia la boca que quiero.

El Escribidor del Tormes.

Amados del sol


Foto del 21 de abril de 2014.

Fue ayer cuando después de meses me encontré con Heliodoro.


Tiene 94 años y no le he visto en todo el invierno, así que yo me decía, yo me preguntaba...

La mañana abría sus portones de cielo, cuando le vi cruzando lento, arrastrando sobre las losas de granito sus zapatillas de paño de las de andar por casa. Y me pareció el más acorde con el lugar, pues nuestra Plaza Mayor es el gran salón de la mansión ciudadana; buen decidero, buen escuchadero, buen lugar para leer las noticias de las nubes.

Muchas veces he compartido banco con Heliodoro hablando de su pueblo, Las Casas del Conde, y del vecino Sequeros donde yo me crié. Un día le hablé de nuestras rapiñas de cerezas en sus frondosos huertos , cuando subíamos del río en los veranos de la infancia. "Ay hijo-me decía- entonces había fruta de sobra y no era estorbo vuestras chiquilladas, y mira ahora, baja y lleva la fruta que quieras, pues ya mucha ni se recoge..." Y le noté un claro gesto de tristeza, como si quisiera decir que los ladrones más temibles para los pueblos son el despoblamiento y el olvido.

Heliodoro ha sido desde muy joven frutero en la ciudad, y en otra ocasión me habló de cuando iba con sus banastos de provisión al cuartel general de Franco en el antiguo Palacio Episcopal. Así supe que además de tomar chocolate con bizcochos mientras firmaba sentencias de muerte ( de lo que nos cuenta Francisco Umbral ) al "Calvillo" que acaudillaba aquella molienda de la Historia, le agradaban mucho las ciruelas claudias de nuestra Sierra de Francia.

Y digo yo que también le aliviarían sus rigideces marciales, aunque me da que esto va a ser mucho decir.

Cuando ya me iba ayer, yo, que peco de listo sin serlo, le pregunté al buen anciano si sabía el significado de su nombre. "Amado del Sol es lo que significa Heliodoro" dije. Él me miró con sus ojos lagartijos, sonrió, y dirigió complacido su rostro al cielo.

Y allí quedó el viejo serrano saciándose del sol candeal que todavía mima las cosas, proyectando sobre la plaza su sombra conforme, como de tarea cumplida, en lo anónimo de la piedra común. 

Y como Heliodoro, otros cientos, miles, millones fueron en los años, los que llegamos de tantas partes a construir la historia chica de la ciudad, y que no necesitamos nunca de medallones en la arenisca para ser confirmados por el sol.

El Escribidor del Tormes.
Fotografía: Don Heliodoro Sánchez Crego, inmenso a sus 94 años en la Plaza Mayor de Salamanca.

El floreo de las mariposas.Editorial




Lluvia de mariposas amarillas de papel,

como en una de las escenas de "Cien años de soledad".
Funeral en México a Gabriel García Márquez
Imagen: El País, 23 de abril de 2014,
Día Internacional del Libro.


Hola amiga o amigo lector,

Bienvenido a este nuevo blog que ahora se inicia.

Me llamo Ángel, y ando firmando por ahí como "El Escribidor del Tormes". Verás: 

esto no obedece a la tontuna, a la pretensión, ni a la excentricidad, sino a lo que voy a tratar de explicar:

Desde niño he sido muy aficionado a la lectura y a la escritura. Luego en la adolescencia tan dolida, sufrí las conocidas fiebres lectoras y escribidoras en cuadernos más o menos floridos. 

Eran horas, ya sabéis, de poemas de sentimientos fluorescentes, diarios de prosa sulfúrica y puntual cartografía de los desgarres que la vida- la muy abusona- hacía de nuevo en un desvalido ser...

Pero a lo que iba, que es al hecho de que  ser aficionado a algo no significa que se haga bien. He garabateado muchas páginas de blanca celulosa y de indiferencia blanca de un ordenador. He escrito bastantes relatos, poemas,reseñas literarias y artísticas, cuñas publicitarias, guiones de radio, muchas cartas de amor y de circunstancias, y alguna novela. 

Una vez gané un concurso de relatos, pero la verdad, cada día temo que el jurado se de cuenta de su error y mande a mi casa al secretario para que les devuelva las pesetas y el diploma que me dieron. Otra vez quedé finalista en un certamen poético, pero el jamón que regalé al jurado salió mal, así que no gané, ¡Cáchín...!

Así que se puede decir que he sido, y soy,  un "amateur" de las letras, que esto es lo que quiero significar con "Escribidor". Yo quiero decirlo en español, que es mi herramienta, pues teniendo un estupendo martillo, ¿para qué voy a usar una tenazas francesas para insertar un clavo?

Y lo del Tormes, pues hombre: por lo de ubicarme, porque "Escribidor" sin más guarnición hay muchos en la red, sobre todo de iberoamérica, y por qué no como homenaje a la sabia y fresca picaresca de El Lazarillo de Tormes.

Hala, dicho está.

Y lo que sigue es que la idea de esta nueva bitácora es hacer un breve relato sobre una imagen. Algo breve, no más de 400 palabras, (lo escrito hasta aquí son 390 palabras, hoy valga, por ser el primero), una cosa para leer en tres minutos y de una periodicidad para lanzar al aire casi diaria, como el periódico de los desayunos que te llevara a tu espacio virtual.

El título de "Cortoletrajes", creía que era un neologismo, vamos que se me había ocurrido a mí (al menos  yo no lo conocía, y a nadie se lo he  copiado intencionadamente para elegirlo) pero se me han adelantado otros autores.

Aún así intento con este título varear las imágenes como si fuesen olivos para que me entreguen su fruto palabrero, o despertar a las mariposas que florean en sus brillos.

Me inspiro en el cine, que duda cabe, y en éste me distancio de mi otro blog, "Yo voy soñando caminos", el de los largometrajes de texto, y que vengo proyectando en las salas del aire desde hace año y medio.

Y ya me queda poco para terminar este Editorial, este acta de intenciones a lo Ciudadano Kane.

Me queda, en la mejor tradición de inauguraciones, encomendarme al patrón del santoral del día, pero ni lo voy a mirar, pues mi intención es soldar esta nueva andadura a los auspicios de Gabriel García Márquez, fallecido hace unos días, hecho que huye de lo morboso y ha sido catalizador para la idea que desde hace tiempo manejaba.


Ilustración propia.

Así que esto queda bajo el patrocinio de San Gabo, y ya me valdrá estar a tal nivel, pues si no sé que él hará caer sobre mí la lenta lluvia del olvido que todo lo anega, y un sin fin de mariposas de amarillos dientes bajo un chaparrón de música de vallenato, y me condenará a ciento y un día de ostracismo.




Pero lo anterior sí que es retórico, pues en lo escrito no cabe más advocación que la del "Santo Lector".

Así que bienvenidos, amigos, me gustaría poneros un vino y unos pinchitos, pero esto de la cosa virtual tiene muchas ventajas y algunos claros inconvenientes como éste.

Aunque algo si os puedo dar, en el mejor sesgo de don Camilo José Cela en su libro "Café de artistas" y que él mismo interpreta en la versión cinematográfica de "La Colmena":

"Cortoletraje: dícese de una foto-relato para leer y ver  rápido y recordar lo que merezca. La he inventado yo. ¿Le gusta? pues venga, que se la regalo..."

Nada más, los primeros posts son algunas de estas "Imágenes textuales" que recientemente he colgado en Facebook y que han gustado mucho (o eso me dicen). Procuraré que las fotos sean preferentemente de mi autoría, pues soy algo "Fotografiador", en el mismo sentido que lo dicho para "Escribidor".

Buen día a todos, gracias por estar por aquí.

El Escribidor del Tormes